Menos miedos y más anécdotas
- Guillermo Rivera
- 10 feb 2020
- 3 Min. de lectura
Actualizado: 13 feb 2020
Hace muchos años sufrí una operación que cambiaría mi vida y obvio no me refiero a las amígdalas. Muchos de mis amigos saben que cuando tenía 8 años me enteré que tenía un quiste, una pequeña pero muy hijita de la ch*ngada bolita que se formó en mi cabeza desde pequeño. Esta sería la primera vez que enfrentaría la muerte (de las que según sé estamos en promedio 6 ocasiones expuestos durante toda la vida), pero en ese entonces no le daba la importancia que debía de, venga, tenía ocho, creo aún me seguía sacando los mocos como para que me importara eso.
Hoy me doy cuenta de lo que viví y trato de ser consciente de saber que la vida dura lo que un buen abrazo, beso, caricia, risa, enojo, frustración y más, pero también se puede ir así de rápido. Muchos años he vivido limitándome por el qué dirán, cómo me verán y qué pensarán si hago eso, si me acerco a hablarle a la persona que me gusta, si quiero cantar mi canción favorita mientras ando en chanclas en el super con mis calcetines, si quiero aventarme de paracaídas o simplemente subirme al superman en sixflags aunque grite como loco.

La realidad es que le tenía tanto miedo a ser juzgado y criticado que estoy muy seguro que me he perdido de grandes momentos durante mi vida. Reuniones porque va a ir esa persona que no me caía bien, que porque no me atrevo a hablarle a esa chava y porque no siento que me vea bien.
Gente, creanme que la vida es muy corta y es por eso que quiero cerrar con una pequeña historia que al día de hoy a lo mucho 5 personas lo sabrán. Antes que nada, tomen papel o algo porque si está cabrona.
A los pocos días de mi operación, recuerdo estar en el cuarto del hospital aburrido y triste sin entender el porqué no podía caminar, me preguntaba qué había pasado que necesitara 32 grapas en la cabeza. A los pocos segundos se me ocurrió ir por una película, le hablo a la enfermara porque mi mamá había salido a fumar, le digo que quería ver/rentar Hércules y que si podía llevarme por más juguetes porque neta que que aburridos son los hospitales.
La enfermera me dice que sí, que tomara mi suero, me tapara con la bata mis pompas y fuéramos al cuarto donde rentaban VHS. Entrando veo a un niño más chico que yo, estaba jugando con dos muñecos, me voltea a ver mientras sonríe y me pregunta: "¿por qué estás tan triste?", le respondo todo lo que me pasaba en ese momento y me contesta con un: "no estés así, debes de ser feliz todo el tiempo". A los pocos segundos se levanta y sale del cuarto, me voltea a ver y me regala una última sonrisa la cual me calmo y me hizo sentirme en paz.
Nunca supe quién era ese niño, cómo se llamaba o cuántos años tenía, lo que si supe y fue porque le pregunté a la enfermera mientras regresaba a mi cuarto, es que mi pequeño amigo tenía cáncer, supongo que a mis ocho años no comprendía porque no tenía cabello ni cejas pero sí que me quedó claro que la vida es tan corta para vivir con miedos y tristeza. Espero esto les ayude o no, ya saben, solo quiero contarles un poco de mi cotidiana vida.




Comentarios